Por: Juan Diego Duarte – Periodista
El pasado 5 de julio, cuando el “Back To The Beginning” apagó sus luces en el Villa Park, mi corazón latió con bastante fuerza de la emoción, porque, aunque no vi a estos gigantes en su esplendor, sí estuve para verlos decir adiós, para verlos cerrar una era. Y eso, para mí, vale tanto como haberlos visto desde sus inicios.
Lo que ocurrió en Birmingham no fue un concierto, fue un funeral vívido, una misa oscura en honor a la historia del heavy metal, una ceremonia de despedida única y poética. Un espacio donde vi un desfile de sobrevivientes, de almas que han resistido al paso del tiempo, las adicciones, las enfermedades, los excesos, las traiciones, las giras interminables, y claro, la propia industria musical. Vi leyendas cantar sin playback, sin filtros, sin la ayuda de un programa. Vi la música en su máximo esplendor, humana, como solo ella misma.
Leí muchas críticas hacia Ozzy, comentarios en los que se mencionaba que ya no cantaba, que su voz se fue con el siglo XX, y que debió retirarse hace mucho tiempo. Pero esos mismos que hicieron ese juicio con mirada clínica, entienden poco sobre el verdadero significado de este género, no comprenden que la música de Ozzy no son solo canciones, sino el fuego que sigue ardiendo en un cuerpo golpeado por el Parkinson. Y no, no es el Ozzy de 1973, brincando con su camiseta sudada y ojos poseídos, este era el Ozzy de 2025, con la voz entrecortada, con los ojos llorosos y gritando “¡Gracias!” a todos los que crecimos con su voz en los audífonos.
Y sí, también hubo grandes invitados. Estuvo presente Axl Rose, con una voz que ya no tiene el mismo filo rasgado de los noventa, pero con esa misma actitud de un lobo que no se da por vencido. Estuvo Iommi, con sus dedos mutilados por un accidente, recordándonos que desde esa herida nació este género musical. Porque sí, el heavy metal no es estética, es resistencia, y la resistencia estuvo de pie el 5 de julio.
Hubo quienes se burlaron, quienes comentaron que esa despedida era un geriátrico de rockeros arrastrando sus últimos vestigios de gloria. Pero, para quienes estuvieron allí, o para quienes lo vimos a la distancia, fue algo totalmente diferente. Fue un acto de valentía, fue un momento de verdad pura, sin autotune, sin coreografías, sin playback. Un escenario con músicos de pie frente al abismo del retito, pero con el corazón en llamas como si fuera su primer concierto.
Porque hay que decirlo, los setenta fueron una locura, y los ochenta, directamente fueron una selva de excesos, heroína, promesas rotas e himnos eternos. Estos hombres no solo cantaron, también sobrevivieron. Se inyectaron, se perdieron y se redimieron, algunos no llegaron, pero los que lo hicieron, estuvieron ahí, de pie, cantando y tocando. Y aunque les temblara el cuerpo y la voz no alcanzara las notas altas, seguían con el alma intacta.
Black Sabbath no solo inventó un género, le dio al mundo una forma distinta de entender la oscuridad, le puso ruido al miedo y lo transformó en arte. Lo que nació en los barrios industriales de Birmingham se convirtió en un lenguaje universal, y por eso era tan importante que se despidieran allí, a pocos kilómetros de donde todo comenzó.
Villa Park fue más que un estadio, fue un museo vivo, un altar para la historia. Y aunque la batería no sonó con la fuerza de antes y las gargantas ya no alcanzaran las notas imposibles, lo que escuchamos fue más real que cualquier cosa que hoy llena estadios con voces modificadas.
Las bandas que acompañaron este adiós fueron elegidas con justicia, ver a Metallica rugir en honor a quienes abrieron el camino, fue como ver a un hijo dando las gracias. Slayer trajo el caos y el filo con su brutalidad implacable, cerrando un ciclo con la misma rabia con la que lo abrieron. Tool por su parte hizo lo que solo Tool sabe hacer, detener el tiempo con su oscuridad profunda pero elegante. Guns N’ Roses, a pesar del paso del tiempo, encendió el corazón del estadio con esa irreverencia intacta. Y Steven Tayler, con su inesperada aparición, le puso alma al cierre, el último gran showman del hard rock, dijo presente en la despedida de sus pares.
Hace más de diez años, Black Sabbath estuvo en Colombia en el Paque Simón Bólivar, yo tenía apenas 13 años y no pude estar allí. Aquel concierto fue una oportunidad irrepetible para muchos, pero aún con varios capítulos por escribir, el más importante era su despedida. Y esa sí la viví, no desde el estadio, sino desde el streaming, conectado desde mi casa, con el corazón latiendo al ritmo de cada riff, con los ojos fijos en una pantalla que me permitió acompañar el último gran concierto del metal.
Hoy, me duele pensar que esto está acabando, que cada vez quedan menos, que la generación que gritaba por Freddie, que pedía a gritos a Steve Perry luego de su salida de Journey en 1987, que se revelaba con Lemmy y sonreía con el sarcasmo de Bowie, está entrando en su capítulo final. Y me sorprende saber que nosotros, los hijos de la nostalgia heredada, los nietos de los vinilos, estamos viendo cómo se cierra la puerta. Y eso, aunque duele, también es un privilegio.
Porque no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor, pero hubo un tiempo donde la música era verdadera, donde los sonidos eran reales, no creados por computadora, donde la música conmovía, donde una voz rota podía partirte el alma, y una situación como escuchar a tu novia con otro hombre por teléfono mientras estabas de gira, era retratada a través de una canción. Y ese tiempo, ese fuego, aún arde en los escenarios donde se despiden los grandes.
Después de ver esta despedida, me siento parte de una historia que no comencé, pero que me atraviesa. De un género que me formó, aunque lo descubrí a través de la radio y discos heredados. Me siento orgulloso de no quedarme con las canciones que se pegan por un baile en TikTok, de no conformarme con la música de moda, y de ver y escuchar a los que hicieron del ruido una forma de resistir.
No todos los conciertos cambian tu vida, pero lo que pasó en el Villa Park no fue solo un evento, fue una herencia entregada en vivo, una promesa de que la música no muere mientras haya alguien dispuesto a sentirla.
Y cuando las luces se apagaron, lo que quedó no fue un silencio, sino una memoria. La memoria de una generación que eligió sudar en conciertos en lugar de reproducir en automático, que aprendió que una canción podía ser consuelo, que un solo de guitarra podía sanar más que mil terapias. “Back to the Beginning” fue un recorrido por la historia contada con guitarras eléctricas, la dignidad de quienes se niegan a marcharse sin agradecer a su público y sin abrazar por última vez aquellos escenarios que los vieron convertirse en leyendas.
Así que no, no vi a Black Sabbath en los 70, no vi a Led Zeppelin en el Madison Square Garden, no vi a Metallica en Moscú en el Monsters of Rock de 1991, no vi a los Guns N’ Roses en el fatídico concierto de 1992 en el Campín, no vi a AC/DC en el Live at River Plate de 2009, pero sí vi a Ozzy Osbourne despedirse entre lágrimas gritando por última vez. Fui testigo de cómo el rock le dijo adiós a uno de sus pilares, y en este mundo de lo inmediato, de lo desechable y lo viral, me quedo con eso, con la certeza de haber sentido algo real. Porque el rock del siglo pasado no morirá mientras existan quienes lo recuerden, quienes lo canten, quienes hablen de él a las nuevas generaciones para que nunca se olvide.
Que viva el ruido, que viva la distorsión, que vivan los que quedan, que viva el legado de los que aún, con sus cuerpos rotos y sus alamas ardiendo, nos enseñaron que la música no era un producto, sino una forma de sentirse vivo.
Que viva, para siempre, el alma del rock.
